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BAILÉN, LAS DERROTAS DE ANÍBAL Y NAPOLEÓN

Martes 24 de Agosto, 2010
Dos grandes batallas se sucedieron en los alrededores la villa de Bailén con dos mil años de diferencia. Roma y España frente a Cartago y Francia. En el primer caso, el encuentro entre las legiones romanas y el ejército cartaginés supuso un importante envite entre dos enemigos que se disputaban el control del mundo. En el segundo, supuso el principio del fin de la invasión gala sobre la península ibérica y la primera gran derrota del invencible ejército napoleónico que aspiraba a dominar toda Europa. En ambos casos, la villa de Bailén fue testigo del derramamiento de valor y sangre. Por: Javier Brandoli
Antes de comenzar a relatar lo sucedido, vamos a aclarar que recientes estudios del Centro Andaluz de Arqueología Ibérica, del año 2006 y 2007, niegan lo que tradicionalmente se dio por seguro, y sitúan la batalla de Baécula a 60 kilómetros de distancia de Bailén, en la localidad de Santo Tomé. Allí se han encontrado restos del antiguo campamento cartaginés, capitaneado por el general africano Asdrúbal, hermano del mítico general Aníbal, y junto al que estuvo cerca de hacer caer a la todopoderosa Roma. Tradicionalmente, los expertos conocedores de la II Guerra Púnica han considerado que la Batalla de Baécula tuvo lugar en las proximidades de la actual población de Bailén por un texto de Polibio en el que se señalaba que Baécula estaba próxima a Cástulo. Esto, junto a la total similitud fonética entre ambos términos (los romanos llamaron a Bailén como Baécula-Caecilia y Baécula-Bética), han hecho pensar que se trataba de la actual ciudad de Bailén. No obstante, aunque los estudios del profesor Arturo Ruiz parecen haber encontrado otra localización de la batalla, la mayoría de textos siguen colocando en esta villa jienense el escenario del conflicto armado.

La historia de Bailén se remonta a los fenicios, que la llamaron Baritto, vocablo de origen turdetano. Más tarde, la localidad pasó a llamarse Baikol y Besur con los griegos, hasta ser bautizada por los romanos, que explotaron los yacimientos de plomo, plata, oro y bronce que encontraron en la zona, como Baécula. Llegamos así a la famosa batalla del mismo nombre.

Corre el año 208 a.C., y las tropas romanas y cartaginesas están envueltas en una guerra global entre las dos superpotencias de la época, Roma y Cartago; la conocida como Segunda Guerra Púnica. Tras diez años de conflicto, que se inició tras la destrucción de la levantina ciudad de Sagunto por los soldados de Aníbal en el 219 a.C., Roma decide plantar cara a Cartago en la Península Ibérica. Dos grandes generales se encuentran en el campo de batalla. Al frente de las tropas imperiales, se encuentra Publio Cornelio Escipión, “el africano”, el único militar romano que consiguió derrotar a Aníbal. Al frente de los cartagineses, Asdrúbal Barca, hermano de Aníbal y que tenía como misión asegurar los suministros de las tropas africanas que debían tomar Italia.

El encuentro entre ambos ejércitos se produjo en la zona alta del Guadalquivir, un enclave importante para dominar el sur de Hispania. Escipión acababa de reconquistar Carthago Nova y se dirige al encuentro de Asdrúbal, sabedor de que la tropa cartaginesa está dispersada en tres ejércitos. El general romano sabe que no puede perder tiempo y lanza un ataque sorpresa al encontrar el campamento cartaginés. Asdrúbal cae en la trampa de Escisión, que hace creer al cartaginés que su ataque es una simple escaramuza, escondiendo a la mayor parte de sus soldados en la retaguardia y consiguiendo rodear a la tropa norteafricana. La victoria fue para las legiones itálicas que, sin embargo, permitieron que una parte del ejército cartaginés, con sus temibles elefantes, huyeran del campo de batalla y consiguieran cruzar los Pirineos para unirse a los ejércitos de Aníbal en Italia. Se consiguió, eso sí, retrasar ese encuentro y mermar fuertemente los refuerzos, pero muchos no entendieron que se permitiera huir a Asdrúbal. Lo más importante que consolidó Roma tras la batalla fue su poder en Hispania, que era una pieza clave en el tablero de la guerra en Italia, al conseguir que muchos pueblos íberos se convirtieran en aliados.
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