Se encuentra usted aquí

Nº 169, Julio 2019

El Monarca que "creó" España: Felipe IV, el rey del Siglo de Oro

La imagen de Felipe IV como un rey libidinoso e insensible a la suerte de España es inaceptable. El monarca, que si se ha salvado del escarnio público parece haber sido solo por su mecenazgo artístico, fue un hombre de gran cultura y razonable visión política, desbordado por unas circunstancias que habrían mermado el prestigio de cualquiera de sus antecesores.

La crisis de 1640 en Cataluña y Portugal, que se llevó por delante a su valido, el conde-duque de Olivares, fue solo uno de los frentes abiertos en un reinado que no conoció la paz y en el que sus proyectos para centralizar el poder se vieron frustrados desde el principio. Los analizamos todos en nuestro número de Julio

Exploraremos la CIA antes de que fuera la CIA. Sus siglas son sinónimo de poder y control. Pero, antes de que se creara la Compañía, la inteligencia estadounidense montó la Oficina de Servicios Estratégicos, la OSS, en el curso de la Segunda Guerra Mundial y, aun antes, otros organismos que ciertamente pecaron de bisoñez en momentos críticos para la historia del país. Si hay que fijar una fecha para el gran paso hacia delante del espionaje norteamericano, esa sería 1850, cuando se creó la agencia Pinkerton, que tendría mucho que decir durante la Guerra de Secesión con el Servicio de Inteligencia de la Unión que impulsó su fundador, Allan Pinkerton.

Además, también podréis encontrar la historia de los "templarios" nazis, una secta protestante alemana asentada en Palestina a finales del siglo XIX, simpatizaron con el movimiento nazi en el período de entreguerras y exhibieron toda su parafernalia en las ciudades del futuro Estado de Israel, ante la indignación de los judíos que ya estaban asentados allí. Los orígenes de ese grupo y el proceso mediante el cual la red nazi de Palestina se extendió resultan fascinantes. A las puertas de la Segunda Guerra Mundial, había 400 nazis alemanes en Palestina y muchos de ellos eran “templers”. Deportados en su gran mayoría por los británicos, el fin de la guerra forzó el exilio del resto.