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Volver a Canfranc

Rosario Raro
Hay lugares en el mapa a los que hemos viajado en sueños, propios o ajenos. La montaña mágica de Davos, la Tahití de Stevenson o la San Petersburgo de Dostoievski nos resultan tan familiares como el parque en que juegan nuestros hijos o el quiosco donde compramos la prensa.
La estación internacional de Canfranc –Huesca– se incorpora ahora a esa sutil geografía del alma, hecha de letras y memoria. Una novela de Rosario Raro, Volver a Canfranc (Planeta, 2015), reconstruye los hitos de aquel palacio ferroviario que, en el desierto de la Segunda Guerra Mundial, emergió como el último oasis de la libertad.
ALBERT LE LAY
Uno de sus protagonistas es Albert Le Lay, jefe de la aduana internacional de la estación y un viejo conocido de estas páginas (Historia de Iberia Vieja, nº 102), en quien la autora se ha inspirado para componer a su personaje Laurent Juste. Pero Volver a Canfranc es mucho más que la biografía novelada de un hombre digno. Es el retrato de cuerpo entero de la Dignidad, ese atributo que suele concretarse, paradójicamente, cuando cae la noche y la muerte asume su señorío.
Claro que vivir es fácil con los ojos cerrados, pero la lección de Canfranc, aquel enclave en que se cantó La Marsellesa cuando los aliados liberaron París, nos recuerda que la supervivencia no basta. Que, llegado el caso, es mejor perder la ropa mientras nadamos. Que es preferible volver a la superficie desnudos, tiesos de frío, pero puros, íntegros, sin el daño de la vergüenza.
Y hay otra lección en este libro, nunca tan urgente como ahora: no importan las medallas. Los héroes de este libro –además de Laurent Juste, la camarera Jana Belerma o el bandolero Esteve Durandarte, tan ficticios como puedan serlo Don Quijote, Hans Castorp o Raskólnikov– no expusieron sus vidas por la vanidad de un aplauso, sino porque, de acuerdo con la cita de Auden que le sirve de pórtico, eran, “en el moderno sentido de la palabra”, santos.
UN LIBRO EXCEPCIONAL
Volver a Canfranc es un libro excepcional, que restaura la esperanza traspapelada en el ser humano. Gracias a una prosa sensible, ambiciosa, insaciable en su búsqueda del “nombre exacto de las cosas”, ese “animal dormido” que fue la estación internacional en los años cuarenta del pasado siglo vuelve a respirar con el miedo, la incertidumbre o el júbilo de los fugitivos –centenares de ellos– que se salvaron de la muerte por este paso.
“La estación –dice Raro– se había proyectado como un escaparate de España que deslumbrara a quienes lo cruzaran”. Y lo hizo, vaya si lo hizo, pero, más que por su forma, por su fondo. Pasarán los años, se extinguirán las generaciones o la identidad de nuestros héroes, pero el eco de Canfranc seguirá resonando en nuestros oídos, como la respuesta a una plegaria de justicia y decencia./Alberto de Frutos
 
Volver a Canfranc
Rosario Raro
Planeta. Barcelona (2015).
512 págs. 20,90 €
 
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