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Miguel Hernández

Viernes 23 de Abril, 2010
Más de 500 actos se están preparando para conmemorar el primer centenario del nacimiento, el 30 de octubre de 1910 en Orihuela, del poeta Miguel Hernández, fallecido en 1932 en las cárceles franquistas. Todos estos actos y congresos deben servir para eliminar de la imagen de Miguel Hernández algunos tópicos muy manoseados que poco benefician al prestigio del escritor.

Por: Adolfo Torrecilla

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Lo mejor que le puede pasar a Miguel Hernández es que se lea directamente su poesía –y también sus textos dramáticos y sus prosas– y se descubra, en sus diferentes etapas, todas interesantes, su vida atormentada, su pasión poética, su originalidad estilística y su desbordante entrega a la poesía en medio de las muchas dificultades que tuvo que superar. Su detención al acabar la Guerra Civil y su trágica muerte en la cárcel de Alicante como consecuencia de la tuberculosis truncaron la brillante carrera de un poeta con voz propia que supo, además, convertirse en la voz del pueblo.

Nace Miguel Hernández en la localidad alicantina de Orihuela el 30 de octubre de 1910. Los principales medios de vida de esta ciudad, situada a 53 kilómetros de la capital, en la vega del río Segura, son la huerta y las industrias de cáñamo, vidrio y alfarería, además de las actividades del campo y la ganadería. El padre de Miguel era pastor y tratante de ganado, sobre todo de cabras y ovejas. Casado con Concheta, tuvieron siete hijos, de los que sobrevivieron cuatro: Vicente, Elvira, Miguel y Encarnación.

Como escribe José Luis Ferris, autor de la biografía Miguel Hernández. Pasiones, cárcel y muerte de un poeta (Temas de Hoy), “su contacto íntimo con la naturaleza le proporciona un conocimiento profundo de la vida elemental que, unido a su inteligencia y su espíritu despierto e intuitivo, dejará en él un sustrato de tal calado que resulta imposible entender su obra sin prestar cuidado a esta primitiva enseñanza”.

Comenzó a acudir a la escuela muy pronto. Permaneció en el colegio Nuestra Señora de Montserrat durante los años de 1915 y 1916, aunque faltaba a menudo a las clases –lo mismo le sucederá después– para ayudar a su padre y a su hermano Vicente en el cuidado del ganado que tenían a su cargo. En 1918 continúa los estudios en las escuelas del Ave María, fundadas por el padre Manjón en Granada. Allí estudió hasta 1923, año en el que ingresa en el colegio de Santo Domingo para cursar el bachiller.

En 1925, su padre sufre un revés en los negocios y decide que su hijo Miguel, como ya había hecho antes con Vicente, el mayor –de padres cabreros, hijos cabreros–, abandone los estudios para dedicarse primero a trabajar en un comercio de textiles y a los pocos meses por entero al negocio familiar del pastoreo. Miguel abandona los estudios con una sólida formación y con muchas ganas de seguir leyendo y aprendiendo. “En contra del divulgado tópico que lo encuadra en un rotundo autodidactismo sin más matices –escribe Ferris–, tuvo un periplo escolar bastante más amplio del que se le ha venido atribuyendo”.
“A sus catorce años –los quince los cumplirá en octubre– comienza en solitario una dura y penosa andadura que tratará de sobrellevar dignamente para complacer la voluntad del padre, aunque, en el fondo, no se resignará nunca a ese destino que se le imponía de forma tan brutal” (Ferris). Pero Miguel no olvida lo aprendido en la escuela y decide seguir leyendo por su cuenta lo que cae en sus manos. En los cafés que frecuenta con sus amigos, lee las revistas y diarios, donde se reproducen las poesías de los autores de su provincia más conocidos de aquellos años.

Lee también colecciones teatrales, conoce los poemas del salmantino Gabriel y Galán y devora los folletones de Luis del Val y Pérez Escich. Las lecturas, más su formación, sensibilidad y su contacto con la naturaleza despiertan su vocación poética. Miguel empieza a escribir sus primeros versos inspirándose en el costumbrismo bucólico tan de moda, sobre todo por influencia de Gabriel y Galán, y el modernismo trasnochado y mal digerido de los poetas de su provincia. Más tarde, en la Biblioteca Pública, descubre a Zorrilla, Espronceda, Campoamor, Bécquer...

Un día, le enseña sus poemas a Luis Almarcha, canónigo de la Catedral, a quien ya conocía de sus años en el colegio Santo Domingo y personaje muy unido a la vida de Miguel. Luis Almarcha se queda gratamente sorprendido por esos poemas y decide poner a disposición de Miguel los libros de su biblioteca. En ella accede a los clásicos, a su paisano Gabriel Miró, San Juan de la Cruz, Fray Luis, Virgilio... “No he tenido discípulo –escribiría años después– a quien hayan causado sensación más profunda Virgilio y San Juan de la Cruz”.
Miguel lleva una vida tranquila en Orihuela, aunque tiene que soportar que su padre, duro y autoritario, no vea con buenos ojos su afición a las lecturas y los versos, aunque Miguel no deja por eso de ser un chaval como los demás de su pueblo. Frecuenta los mismos locales que el resto de sus amigos y dedica su tiempo a una de sus aficiones preferidas, el fútbol.
Junto con la amistad con Luis Almarcha, la de Carlos Fenoll, un muchacho de su edad que trabaja de panadero cerca de su casa, marcará la evolución de Miguel. Fenoll es también poeta y tiene ya relación con diferentes medios de comunicación de la provincia en los que ha ido publicando algunas de sus composiciones. Con Miguel, en 1930, ofrecerá incluso un recital poético en el Círculo Católico que supondrá un espaldarazo para estos dos aspirantes a poetas. Poco después comienza su trascendental amistad con José Marín, un joven tres años menor que Miguel, con una profundísima preparación académica e intelectual. José Marín, Jesús Poveda, Carlos Fenoll y Miguel tienen una tertulia en la tahona de Fenoll donde leen y comentan sus primerizas composiciones poéticas.

Jesús Marín descubre la gran vocación poética de Miguel y se convierte, a partir de entonces, en “su orientador más directo no sólo en cuestiones literarias, sin además ideológicas, convirtiéndose incluso en su ascendiente cultural y espiritual” (Ferris). Jesús Marín, que adoptará el nombre de su heterónimo Ramón Sijé, pone orden en las lecturas de Hernández, quien lee por su recomendación El Quijote, Calderón, Lope, Garcilaso y, también, poetas más contemporáneos como Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado, fundamentales en sus primeros balbuceos poéticos.

Este grupo participa activamente en la vida cultural de Orihuela, asisten a los eventos culturales y cinematográficos, participan en tertulias, escriben para la prensa local y en revistas literarias que lanzan ellos mismos. Pero son también conscientes de que tarde o temprano, si quieren hacer carrera poética, deben abandonar Orihuela. Para ello ansía Miguel alistarse en el ejército, pero en el sorteo de su quinta salió excedente de cupo. Con sus amigos, planifica su primer viaje a Madrid. “Comprende –escribe Ferris– que ha llegado el momento de abandonar ese ambiente caduco y cerrado que le conduce hacia ningún lugar y que amenaza con estancarle en una mediocridad pueblerina”. Gracias al apoyo de Ramón Sijé y algunas de sus recomendaciones, Miguel emprende el ansiado viaje a la capital el 1 de diciembre de 1931.
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