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La fracasada alianza hispano-británica de Felipe IV

Martes 26 de Febrero, 2019
En 1623, el Príncipe de Gales emprendió una misión con una pretensión insólita: viajar de incógnito hasta Madrid para conocer a la infanta Doña María, hermana de Felipe IV. Lejos de ser un capricho, el viaje obedecía al deseo del joven príncipe de conocer en persona a la que podía convertirse en su esposa, matrimonio en el que querían ponerse de acuerdo las monarquías de las dos potencias de la época y que habría cambiado radicalmente la historia del mundo. José Luis Hernández Garvi
Historia de Iberia Vieja Delegación inglesa y española en las negociaciones del Tratado de Londres

El intrincado mapa político de la Europa del siglo XVII estaba urdido con una tupida red de intereses estratégicos. Por aquel entonces, la llama del Imperio español estaba a punto de apagarse. El reinado de Felipe IV languidecía, sometido bajo las férreas riendas del todopoderoso valido del rey, el Conde-Duque de Olivares. Los enemigos de España se multiplicaban y cada vez eran más poderosos. Los enfrentamientos con los franceses eran continuos y se unían a los problemas perennes de las Provincias Unidas en Flandes. En este contexto, España decide buscar apoyos allí donde antes nunca se le hubiera ocurrido hacerlo.

Por aquel entonces, las relaciones con Inglaterra atravesaban un periodo de relativa calma aparente. El acceso al trono inglés de Jacobo I había dado paso a una época de cierta distensión de la que España tampoco esperaba demasiado. Como había ocurrido en otras ocasiones, la situación podía cambiar en cualquier momento, tornándose en un decidido apoyo inglés a la causa de los holandeses. Madrid consideraba de vital importancia conseguir un buen acuerdo entre las dos coronas que garantizase una paz duradera.

Se acordó entonces la creación de una junta especial que analizase las ventajas e inconvenientes del matrimonio entre la hermana de Felipe IV, la infanta María, y Carlos Estuardo, príncipe de Gales. En diciembre de 1621, este comité emitió un informe favorable en el que se hablaba de las grandes ventajas que traería la alianza de España con Inglaterra.

El conde de Gondomar, embajador de España en Londres desde 1613, había realizado una brillante labor para ganarse a Jacobo I para la causa de los Habsburgo, impidiendo su participación en la alianza de Holanda y el Palatinado. A pesar de las dudas que pudiera plantear el papado, al oponerse a conceder una dispensa que permitiese el matrimonio en unas condiciones favorables para la corona de Inglaterra, las conversaciones se iniciaron en un clima favorable.

La expulsión del príncipe Federico, yerno de Jacobo I, de sus territorios del Palatinado, supuso un escollo inesperado en el desarrollo de las negociaciones. En septiembre de 1620, un ejército al mando de Ambrosio Spínola invade el principado situado en el estratégico valle del Rin, y cuya posesión permitía a España utilizar Renania como corredor por el que trasladar rápidamente a los tercios desde Italia hasta Flandes. En septiembre de 1622, el general Tilly al mando de las tropas de Maximiliano de Baviera y la Liga Católica conquistó Heidelberg, la capital. Sin embargo, existía otra ruta alternativa, a través de la cual las tropas españolas no atravesaban el Palatinado, sino que, cruzando el Rin por Breisach, podían llegar al Luxemburgo español por el ducado aliado de Lorena.

 

La promesa de Jacobo I de Inglaterra de no intervenir en los asuntos continentales de España, es decir, en la interminable guerra de Flandes, sirvió para mantener la paz durante casi 20 años


La existencia de esta ruta alternativa dejaba a Madrid la posibilidad de devolver sus tierras al príncipe Federico, siempre que se negociasen unos términos aceptables para la firma de un tratado. En todo caso, siempre valdría la pena pagar cierto precio si con ello se conseguía la amistad de Inglaterra. Sin embargo, las pretensiones de Maximiliano de Baviera añadieron tensión a la situación. Sus demandas al Emperador para que le concediera la dignidad de príncipe elector, cargo que correspondía a Federico, y la entrega del Alto Palatinado, colocaron a España en una posición comprometida en sus intentos por granjearse la amistad de Jacobo I. Finalmente, el Emperador aceptó las peticiones de Maximiliano, a pesar de los esfuerzos infructuosos para impedir esa decisión contraria a los intereses de España.
Por su parte, el conde de Bristol, embajador inglés en Madrid, continuó, pues, las negociaciones para lograr un acuerdo en lo referente a la deseada boda.

El fracaso de las negociaciones, sin embargo, dio paso a una guerra entre ambos reinos donde se impuso claramente la Monarquía Hispánica


Jacobo I tomó entonces una decisión para desbloquear las conversaciones, enviando a Madrid un enviado especial que tantease las opiniones y las intenciones reales de los ministros españoles. Para esta misión escogió a un hombre de confianza que tenía vínculos con España y que incluso mantenía buenas relaciones con el mismísimo Conde-Duque de Olivares. Endymion Porter, o don Antonio Porter, como era conocido entre sus amigos españoles, era nieto de Giles Porter, que se había casado con doña Juana de Figueroa y Montsalve mientras estaba destinado en la embajada inglesa en Madrid durante la década de 1560. La familia siguió en contacto con sus parientes españoles y en 1605, el joven Endymion entró como paje al servicio del conde de Olivares, cuyo hijo, el futuro Conde-Duque, tenía la misma edad. No hay constancia histórica que nos permita afirmar que el futuro valido de Felipe IV y Endymion se hicieran amigos, pero si está documentado que Olivares le consideraba una persona de confianza dentro de la Corte inglesa.

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