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Kidon, licencia para matar

Martes 03 de Diciembre, 2019
Tras la fundación de Israel surgió un problema: había enemigos. Pero se decidió cortar por lo sano: matarlos. Entonces se ideó un plan para poder ejecutar a los “malos” de forma “legal”. Fue así como nacieron las unidades Kidon, que cometieron algunos de los crímenes más horrendos desde el final de la segunda guerra mundial. Estos escuadrones de la muerte estaban vinculados al Mossad, el servicio secreto de Israel, que para algunos es el mejor del mundo.

El ministro de Exteriores de Israel, Avigdor Lieberman, estaba de visita en Bruselas a principios de 2010. El tema de conversación en todo el mundo era el misterioso asesinato de un destacado miembro de Hamas en Dubai. Todavía estaba en marcha la investigación, y no había pruebas concluyentes que señalaran la responsabilidad del Mossad. Sólo se sabía que el cuerpo había aparecido asesinado en un paradisiaco hotel. ¿Por qué daban por supuesto la autoría del servicio secreto judío?

La historia de Israel está marcada por el uso en la relación con sus enemigos del principio del “ojo por ojo, diente por diente”. Pocos son los países democráticos que reconocen que su sistema político autoriza la liquidación de sus enemigos. Israel es uno de ellos, con una práctica sorprendentemente legalizada.
Las autoridades del país crearon el Mossad en 1949 como un servicio secreto exterior que defendiera al país, pero también que dispusiera de la capacidad para atacar a sus enemigos allí donde se escondieran. Cazarían a los que les atacaran sin importar la cueva en la que intentaran pasar desapercibidos.

En 1960 se llevó a cabo su acción más conocida. Localizaron a uno de los nazis que habían participado en la decisión final contra los judíos durante la Segunda Guerra Mundial, Adolf Eichmann. Se fueron a Argentina a por él, no querían matarle, sino secuestrarle para posteriormente juzgarle en Israel y que fuera un tribunal el que le condenara a muerte. El plan salió perfecto, pero los diversos problemas que pasó el comando dejaron en evidencia la necesidad de disponer de una unidad dentro del Mossad especializada en este tipo de acciones extremas. Teniendo en cuenta que el secuestro de enemigos extranjeros no sería posible en la inmensa mayoría de los casos, esa unidad debería especializarse en asesinatos. Entonces, el primer ministro David Ben-Gurión se lo encargó en 1963 al director del Mossad, Meir Amit.

ASESINATOS AUTORIZADOS

Este tipo de acciones tienen unas implicaciones profundas para los servicios secretos. Cualquier asesinato y más si es en un país extranjero, exige siempre que sea autorizado expresamente por la principal autoridad política del país. La nueva unidad se incluyó en el Metsada, el Departamento de Operaciones Especiales. Fue llamado Kidon, es decir, “bayoneta”. Colocaron al frente a Michael Harari, uno de los personajes más apreciados en ese momento en el servicio secreto, que había participado en la lucha militar para conseguir su propio estado. Posteriormente, había formado parte del ejército y finalmente había trabajado activamente y con éxito en el Mossad.

Sus integrantes, captados en el propio Mossad o en las unidades de élite de las fuerzas armadas, supieron desde el principio que no iban a ser pistoleros de una banda dedicada a pegar tiros a su conveniencia, sino que cada una de sus acciones estaría autorizada por la firma del primer ministro.

Aunque el Kidon siempre ha estado encuadrado en el Mossad, su funcionamiento ha estado al margen. Está distribuido en pequeñas unidades de 12 agentes, cuyos nombres nadie conoce, con un campo de entrenamiento particular, en el que practican permanentemente tácticas militares y civiles para secuestrar y asesinar en territorios hostiles, hasta que son requeridos para una misión concreta. Se les instruye mentalmente para que sean conscientes de que su trabajo es vital para implementar los objetivos de disuasión e intimidación contra los que llevan a cabo acciones contra Israel. Estamos delante de una unidad que no participa, ni lo ha hecho en su larga historia, en ningún aspecto de la toma de decisiones sobre la identificación de sus objetivos. Desde ese primer momento en 1963, es el comité de los servicios de inteligencia el que recibe la información sobre los terroristas que pueden ser eliminados. Son siempre gente que empuña las armas o los dirigen, pero nunca políticos que hablen de política.

El comité analiza la información obtenida sobre lo que consideran objetivos peligrosos y la posibilidad de llevar a cabo una acción en el extranjero para asesinarlos. Si lo ven claro, preparan el informe oportuno y se lo pasan al primer ministro, que siempre por escrito, para que no haya dudas, tiene que autorizar la acción. En toda la historia de Israel, ni un solo primer ministro ha dejado de autorizar alguna acción a los Kidon.

Solo en ese momento comienza la planificación de la acción por parte de los órganos especializados del Mossad, que dejan la ejecución al Kidon, que puede tardar días, meses o incluso años en llevarla a cabo. Dependerá de la información obtenida sobre el objetivo y el momento adecuado para asesinarlo o secuestrarlo. En sus cerca de 60 años de vida, tras cada una de sus acciones la reacción del gobierno ha sido siempre la misma: ni confirmar ni desmentir. Las críticas que con frecuencia recibieron y reciben públicamente de muchos países les importan poco y hay un efecto que les beneficia: sus enemigos les ven con temor por su capacidad de actuar en cualquier lugar del mundo. Son 60 años en los que han asesinado a terroristas a tiros, les han puesto bombas que han destrozado sus cuerpos, los han estrangulado sin que se percataran las personas que estaban a su alrededor o, en contadas ocasiones, los han secuestrado. Para ello, a pesar de las negativas oficiales, han contado con complicidades en países como Francia, Italia, Sudáfrica, Noruega o el Líbano, incluidas las de algunos de sus jefes de gobierno.

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