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Nº 175, Enero 2019

Las luces de la Edad Media

Hubo sombras, por supuesto, pero, si pesáramos en una balanza los logros y los fracasos de la Edad Media, el platillo se inclinaría por los primeros. Frente a las guerras, los abusos nobiliarios o las enfermedades, este largo período de la Historia asistió a impensables avances científicos, a hitos artísticos y literarios y a una lenta pero progresiva transformación de la sociedad que completarían los siglos modernos. Solo hay que pensar en todo lo que habría perdido la Cultura –así, con mayúscula–, si nos hubiéramos saltado esa época, desde las bibliotecas hasta el “do, re, mi”, desde las vidrieras hasta las gafas, desde los relojes mecánicos a la brújula o los molinos de agua. ¡Más respeto, pues, por la Edad Media!

También exploraremos la figura del Quevedo espía. La Conjuración de Venecia, que un grupo de hombres de confianza de Felipe III puso en marcha contra la Serenísima República en el año 1618, fue descubierta a tiempo para escarnio de los conspiradores, que fueron acechados y perseguidos por las autoridades. Uno de los tipos que movió los hilos de la conjura fue el escritor Francisco de Quevedo, quien, al servicio del duque de Osuna, maniobró para acabar por la fuerza con el Gobierno del Dogo Giovanni Bembo, contrario a los intereses de la Monarquía Hispánica.

Y, por último, la revolución de Asturias. La entrada en el Gobierno de tres ministros de la CEDA, la derecha católica de José María Gil-Robles, impulsó un movimiento popular que en 1934 puso contra las cuerdas al Gobierno republicano. Carente de apoyos militares, la revolución se estrelló en Madrid; y, en el resto de España, fue desbaratada con mayor o menor dificultad. Sus hechos más relevantes fueron la proclamación del Estado catalán por Lluís Companys y la revuelta de los obreros de Asturias.